21 October 2018, 1 Comentario

Carpinteros de lo blanco: en busca de un oficio olvidado

La construcción tradicional, tanto en España como en el resto del mundo, siempre estuvo basada en un puñado de materiales, que bien en su estado natural o con modificaciones relativamente sencillas, permitieron al ser humano levantar su entorno arquitectónico: la piedra, la madera, la tierra y los morteros.

Hubo que esperar hasta una bien avanzada La Revolución Industrial para que se produjeran innovaciones de importancia, tras milenios de una lenta evolución constructiva.

Representación de dos carpinteros colocando una armadura de par y nudillo en el Friso de los Carpinteros de la Catedral de Teruel. Foto: Enrique Nuere.

De entre los mencionados materiales, la madera siempre destacaba principalmente por una cualidad que ningún otro tenía: la resistencia a tracción -y por lo tanto la flexión- lo que permitía usarla como estructura portante en pisos, cubiertas, fachadas y en cualquier ingenio que requiriese soportar esfuerzos de toda índole.

Entramado de madera en la Casa de los Santander, Plaza Vieja de Saldaña (Palencia). Foto: Javier de Mingo.

Así pues, el resultado de trabajar la madera siempre era agradecido, puesto que incluso presentada en su forma más básica -el rollizo o tronco descortezado- la relación entre el costo de su puesta en obra y la distancia que era capaz de salvar era muy superior a la de cualquier obra que pudiese realizarse usando las masivas y costosas bóvedas de fábrica, ya fueran de piedra o ladrillo.

Pórtico de entrada a una nave de las Salinas de Imón (Guadalajara). Foto: Javier de Mingo.

De esa manera, todos los que se fueron especializando en el trabajo de la madera a lo largo de la historia, dieron lugar a multitud de oficios en función de la finalidad concreta de sus tareas. Así aparecieron los leñadores, ebanistas, entalladores, toneleros, torneros… y por supuesto los carpinteros.

Curiosamente, el nombre de estos últimos deriva de los profesionales que durante el Imperio romano se dedicaban a construir y reparar los carpentum, un tipo muy habitual de carro de dos ruedas.

La mayor parte del carro era de madera, y aunque las partes metálicas o textiles también eran de su total incumbencia, a la postre, la evolución de su oficio se centró exclusivamente en la madera; de manera que el versátil carpentarius romano pasó a ser el carpentero medieval, que ya independizado de los carruajes, trabajaba solo con madera.

Representaciones de carpinteros en el tratado Hausbuch der Mendelschen Zwölfbrüderstiftung. Biblioteca estatal de Nuremberg. Fotomontaje: Javier de Mingo

A los carpinteros que especializaban su trabajo en el ámbito de la arquitectura, en una época de pleno auge de su oficio, se les denominaba carpinteros de lo blanco.

La explicación a la coletilla “de lo blanco” según quienes han estudiado el tema, puede tener dos variantes: la primera es que las maderas más usadas en edificación eran las coníferas, por tener sus fibras relativamente rectas y ser fácilmente trabajables. Una vez escuadrada, su color, a diferencia de las maderas de frondosas usadas para otros fines, tiene un color más claro o blancuzco, y de ahí que esa característica sirviese para dar nombre al gremio.

La otra versión aduce a que al ser muy habitual en las cubiertas más modestas el uso de rollizos simplemente descortezados, al quedar a la vista la albura -parte exterior del tronco de color muy blanquecino- se decía que se dejaban las maderas en blanco, y por ello el carpintero que solía hacer este tipo de trabajos recibía ese nombre.

Cabe reseñar que la mayor parte del trabajo de los carpinteros de lo blanco y la más importante, era la que estaba relacionada con las cubiertas, cuya estructura se denominaba armadura.

Montaje de una armadura de par y nudillo, en el artículo El Método Arenas, del blog Albanécar. Infografía y montaje: Javier de Mingo.

Hoy en día somos conocedores de la importancia de la que gozaron dichos carpinteros, gracias al testimonio que proporcionan las Ordenanzas de los carpinteros de Sevilla y Córdoba, en las que la jerarquización, los exámenes y toda clase de regulaciones del oficio dejan claro que este tenía una consideración notable, cercana en determinados casos a las que posteriormente tendría el arquitecto y el ingeniero.

De mayor a menor nivel en el escalafón profesional, se situaban el geométrico, el lacero, el carpintero de obras de afuera y el tendero.

 

Más allá de un experimentado carpintero, el geométrico era, como su nombre indica, conocedor de las matemáticas y la geometría necesarias para el desarrollo de una obra, y los Maestros solían poseer dicha graduación. Según las ordenanzas, sus atribuciones eran equiparables a las del actual arquitecto, y además tenía que ser capaz de realizar algunas de las más complejas realizaciones en cuanto a carpintería, tales como una media naranja de lazo lefe, o una cuadra de mocárabes y también todo tipo de ingenios militares.

Por debajo de él, el lacero, con capacidad para ejecutar cualquier armadura decorada con lacería a excepción de las cúpulas; el de obras de afuera, con capacidad para realizar obras de complejidad moderada dondequiera que hubieren de realizarse, y el tendero, que básicamente solo trabajaba en su tienda o taller, realizando elementos tales como puertas y ventanas.

Cúpula de lazo lefe sobre el Salón de Embajadores de los Reales Alcázares de Sevilla. Foto: Javier de Mingo.

Respecto a los orígenes del oficio, habría que remontarse a dos caminos que confluyeron en la península ibérica.

Por una parte, una tradición constructiva mediterránea, transmitida principalmente por el Imperio romano, que a la hora de realizar cubiertas recurría sobre todo a las cerchas y las correas, tecnología de la cual fueron herederas multitud de iglesias y basílicas paleocristianas.

Por la otra, una tradición continental europea, expandida de norte a sur por toda una serie de pueblos que fueron encadenando invasiones sucesivas, en la que la carpintería tuvo un peso específico mucho mayor, usando armaduras de pares que formaban parte del espacio interior.

Estas últimas fueron las que más predicamento tuvieron, y una infinidad de edificios religiosos, civiles y residenciales tuvieron como estándar el uso de muros de fábrica y cubiertas vistas de pares.

 Dibujo de la Basílica Constantiniana de San Pedro, de Martino Ferrabosco en el Libro de l'Architettura di San Pietro nel Vaticano.

Constructivamente, la cubierta de cerchas y correas tiene una eficiencia estructural mayor para una misma cantidad de madera, puesto que debido a su geometría se evitan los empujes de la armadura sobre los muros, y gracias a ello y a la posibilidad de empalme de maderas, se podían salvar distancias de cubrición enormes.

En la cubierta de pares aparecían de manera inevitable los empujes, debido a lo cual eran necesarios los tirantes, y además era muy difícil superar luces de más de 9 o 10 metros. Pese a todo, la pureza visual de dichas armaduras era más valorada, y adicionalmente, a medida que se fue perfeccionando su sistema estructural, apareciendo la armadura de par y nudillo, los carpinteros aprendieron a prefabricarlas en el suelo, de manera que su puesta en obra se simplificaba muchísimo.

Puesta en obra de los faldones de una cubierta, en el artículo La construcción de una armadura III: los faldones del blog Albanécar. Infografía y montaje: Javier de Mingo.

El gran aliado, en forma de herramienta, del que dispusieron los carpinteros fue el cartabón. Consistía básicamente en un triángulo de madera cuyos ángulos y longitudes marcaban con precisión los cortes que había que dar a cada una de las piezas de la armadura. Dependiendo de la forma de esta, había que usar solo uno, o un juego de tres, llamado cartabones de armadura.

Su aplicación está perfectamente documentada en un tratado que ha servido históricamente de piedra angular para comprender la desaparecida carpintería de lo blanco: el de Diego López de Arenas, carpintero sevillano del siglo XVII.

Pero incluso más allá de este hecho, hoy en día, carpinteros de diversas zonas de Europa y de Norteamérica conservan tradiciones constructivas basadas en el uso de herramientas análogas al cartabón, como por ejemplo la famosa escuadra Stanley. Esto nos da una idea sobre el hilo conductor que une toda la carpintería europea.

Juego de cartabones de armadura, en el artículo Los cartabones de armadura, del blog Albanécar. Infografía y montaje: Javier de Mingo.

En España, además, tuvimos y tenemos el privilegio de contar con un mestizaje cultural que permitió adaptar las tramas geométricas de origen islámico a la tecnología carpintera que provenía del norte.

De esta manera, surgió lo que se da en llamar la carpintería de lazo, cuyas características constructivas y decorativas fueron tan logradas que permitieron un desarrollo constante durante siglos, y desde el XIII hasta prácticamente el XVIII podemos encontrar ejemplares de lacería que convivieron con todos los estilos artísticos que sucesivamente impregnaron la arquitectura del momento: gótico, Renacimiento y Barroco.

Fue ya en el Neoclasicismo cuando diversas vicisitudes, como importantes crisis económicas, gusto por la bóveda encalada, rechazo de lo medieval, etc. dieron al traste con la continuidad que había tenido hasta entonces la carpintería.

Armadura de lazo en el presbiterio de la iglesia del Convento de la Madre de Dios, en Sevilla. Foto: Enrique Nuere.

Con una Revolución Industrial en ciernes, y con el cambio de paradigma en cuanto al arte de construir, surge la figura del arquitecto como autor intelectual de los edificios, separado ya del maestro, y así, la arquitectura deja de ser un compendio de saberes constructivos ordenados de manera lógica, para partir de una intención artística global, de manera que los oficios tradicionales quedan relegados a un segundo plano.

Las armaduras de cubierta cayeron en el olvido, y con ellas, el carpintero de lo blanco, que aunque no llega a desaparecer por completo, sí que olvida toda la sabiduría acumulada, puesto que no tiene ya necesidad ni oportunidad de emplearla.

Estado ruinoso de una armadura en un edificio toledano. Foto: Enrique Nuere.

Tras siglos de abandono, cuando se comenzó a estudiar la historia del arte y la arquitectura, diversos investigadores como por ejemplo Manuel Gómez Moreno y Antonio Prieto y Vives empezaron a apreciar nuestra espectacular carpintería -sobre todo la de lazo- y gracias al complemento que supuso la supervivencia casi milagrosa de dos tratados del siglo XVII, se empezó a hilvanar de nuevo todo lo que hasta entonces había desaparecido.

Se supo para qué servían los cartabones, cómo se trazaban algunas piezas… pero faltaba mucho para terminar de comprenderlo todo.

Así hasta que Enrique Nuere en los años 80, con varias publicaciones en las que desgranó los pormenores del oficio, recompuso casi por completo el saber necesario para resucitarlo.

Montea de una armadura de cinco paños de Diego López de Arenas, y axonometría de una armadura semejante de Enrique Nuere.

Hoy en día, la recuperación de teoría y práctica nos permite estar en condiciones de replicar cualquier armadura de lazo, por compleja que sea, y más aún, de crear nuevos diseños siendo fieles a las normas que regían el noble arte de la carpintería, porque no hay que olvidar que como trabajo artesanal, si se respetan los principios fundamentales de su traza y ejecución, no se trata tanto de recrear un estilo -que nunca lo fue- como de dar continuidad a una forma de construir, en perfecta sintonía con nuestra tradición y nuestra cultura artística.

Restauración de la armadura del sotocoro de la iglesia de Santa María la Mayor, en Arévalo (Ávila). Foto: Enrique Nuere.

Quiero dar las gracias a Javier de Mingo por esta pequeña introducción a la carpintería de la blanco y agradecerle su empeño en recuperar estos antiguos oficios artesanos.

Y si os he despertado algo mas de curiosidad por este noble oficio no dejeis de visitar su blog Albanecar donde podreís seguir conociendo este fascinante oficio.

Aqui teneis algunos videos donde se puede apreciar el trabajo de restauración artesanal realizado en estas armaduras por la Carpinteria Taujel, especialistas en carpinteria histórica, del artesonado de la Iglesia de Santa Maria del Castillo.  

 Texto y fotografias:

Javier de Mingo es arquitecto restaurador del Patrimonio, y especialista en carpintería de lo blanco.

Y tambien podeis echar un vistazo a La Red Nacional de Maestros de la Construcción Tradicional.

La Red Nacional de Maestros de la Construcción Tradicional es un directorio nacional de buenas prácticas en los ámbitos de la construcción tradicional y su restauración que cuenta actualmente con informaciónde un gran número de maestros en activo en el estado español.